junio 2012

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- ¿Afirma usted que la fauna nativa no sólo presentó oposición sino que sus acciones respondían a una estrategia de combate planificada y deliberada? – la voz metalizada surgía de la pantalla negra de la sala de informes de batalla. Diagramas estadísticos parpadeaban fugazmente en ella para luego desaparecer.

- Sí -respondió secamente Cheikh.

- El seguimiento orbital de la incursión muestra irregularidades en el planteamiento táctico, -continuó la voz- su pelotón tuvo un rendimiento deficiente. Esperamos una mejora sustancial en la próxima misión o volverán al campo de instrucción.

- ¿Rendimiento deficiente? ¿Pero qué cojones…? – estalló.

- Eso es todo por ahora. Deberá acudir al departamento médico para una reevaluación. Su tiempo de descanso queda revocado. Buenos días soldado, puede retirarse. -con un chasquido la pantalla enmudeció.

Ortega se levantó y dio una patada a la puerta corredera de cristal, que vibró peligrosamente mientras se deslizaba para dejarle pasar. Maldiciendo para sus adentros en todos los idiomas que conocía, buscó los ascensores. Iría a ver a aquellos matasanos cuanto antes y se tomaría su descanso, no tenía ninguna duda. Que intentasen impedírselo.

Después de recorrer un par de tramos de pasillos blancos y asépticos, localizó el lugar que buscaba. Gerk, Tennant y los demás necesitaban un buen parcheo así que estarían allí dentro en las cubas, aunque dudaba de que le dejasen verlos. Los ingenieros médicos miraban a los soldados con desconfianza y temor mal disimulado, como si fuesen bestias domesticadas a duras penas. Quizá se creyesen muy importantes detrás de sus visores transparentes y sus pulcros uniformes. En el barro de las trincheras se les bajarían rápidamente los humos.

El identificador biométrico le escaneó de arriba a abajo y abrió las puertas, recordándole que su pase tenía sólo una validez temporal. La estancia era amplia y estaba casi vacía a excepción de un técnico que estudiaba una consola con monitores de vigilancia. En el suelo estaban pintadas una serie de rutas en diferentes colores, identificadas con caracteres que no comprendió. Las líneas se perdían por otros tantos pasillos. No había demasiada actividad, algo raro después de un combate, pensó. Quizá aquella no fuesen las dependencias médicas correctas. Una doctora alta y delgada se le aproximó. Era vereliana y debía ser muy joven, aunque con la máscara osmótica era difícil precisarlo. Apretaba sus hojas de datos contra su pecho, como escudándose de él, y evitaba mirarle directamente.

- Soldado Ortega, mi nombre es Hekla, el doctor le espera en la Sala 3 -le dijo, haciendo un gesto con la mano para que le acompañase.

Cheikh frunció el ceño y observó una vez más la sala vacía, pero no dijo nada. Caminaron por el laberíntico complejo, sin ceñirse a ninguna ruta establecida, o eso le pareció. De vez en cuando los ventanales al exterior le permitían ver parte de la colosal estructura de la estación espacial, con el planeta refulgiendo en verde y azul bajo ella. En otras ocasiones cruzaban junto a miradores acristalados de lo que parecían ser quirófanos, pero antes de que pudiese siquiera acercarse a echar un vistazo la doctora tecleaba en el control de su muñeca y se volvían opacos.

Llegaron a una puerta marcada con un 3 en varias grafías. En el interior de la estancia aguardaba un sillón modular, configurado en modo humano. El ingeniero médico llegaría enseguida, dijo ella, dejándole a solas. No había instrumental a la vista, lo que le produjo más inquietud que encontrarse un juego de herramientas de carnicero bien ordenado. Se recostó y miró hacia el techo. Las luces le hacían daño en los ojos, así que los cerró y esperó. Un sonido familiar se aproximaba, una especie de zumbido, junto a una presión en las sientes que ya había sentido antes ¿pero cuándo? Y aquel tirón de la gravedad, como si cayese en sueños…

Notó una mano posarse sobre su brazo y abrió los ojos, sobresaltado. Se encontraba de nuevo en la sala con los monitores de vigilancia y Hekla estaba a su lado, sujetándole indecisa a la altura del codo, manteniéndole en pie.

- Gracias por su colaboración, le llamaremos si necesitamos algo más -dijo mientras le conducía al exterior.

Las puertas se cerraron y Ortega miró confuso la doble hoja como esperando que ocurriese algo más. Después de unos segundos renunció a entender qué había ocurrido y puso rumbo a los barracones. Quizá el estres de la batalla empezaba a hacer mella en él.

* * *

- ¿Y bien? -dijo la voz sintentizada desde la penumbra.

- El inhibidor funciona correctamente, hay una ligera regeneración del tejido neuronal pero nada particularmente anormal. La memoria del sujeto sigue en el punto de bloqueo establecido – dijo Hekla.

- ¿Ha descubierto a qué se debe su comportamiento reciente? -continuó su interlocutor. Una sombra alta y cilíndrica comenzó a desplazarse hacia la zona iluminada.

- Su iniciativa y su valor en combate parecen fragmentos residuales de su personalidad anterior -respondió ella- nada que deba preocuparnos.

- Excelente -Hekla pudo ver el brillo del tanque y las suaves ondas del líquido en su interior. Dentro la medusa agitaba lánguidamente sus tentáculos, tocando controles aquí y allá para controlar los repulsores. – Apto para el servicio, siguiente caso.

Continuará…

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Cheikh sabía que había acabado en el pelotón de castigo debido a una acusación de espionaje, pero no tenía forma de comprobar si era cierto. Los precisos cortes de la sonda neuronal y el inhibidor implantado en su lóbulo temporal impedían que escudriñase más allá de su llegada al campamento de instrucción. Si intentaba ahondar en su pasado, sólo encontraba un terrible muro blanco y un sonido como de estática, como si alguien hubiese sintonizado su mente en un canal de holovisión vacío. No es que le preocupase demasiado porque no había tenido tiempo de pensar en ello.

La maltrecha nave de desembarco daba tumbos entre las turbulencias mientras trepaba entre las nubes e intentaba alinearse para la recogida. En los pocos minutos que había permanecido suspendida sobre la jungla, varias de aquellas cosas se habían encaramado a su fuselaje, arañándolo y enroscándose a su alrededor hasta que el metal había crujido lastimeramente. Por suerte el piloto había reaccionado activando el campo eléctrico, lo que había hecho retroceder a los escamosos de un salto.

En cuanto alcanzasen una órbita baja se acoplarían al Arquero, una plataforma que servía de enlace con la estación de mando, desde donde los consejeros corporativos dirigían aquella ofensiva. “Limpieza selectiva de territorio colonizable” era la denominación oficial de aquella incursión. Su pelotón era uno de tantos que subían, eran parcheados y volvían a bajar en un punto diferente de la jungla. Si bajo el follaje había oro, platino o iridio, a él no le importaba. Sólo quería pasar sus tres días de descanso en la estación, durmiendo en un catre de verdad y no en esos sacos verticales del Arquero. O peor, abajo en el barro, empotrado en su armadura y con los monitores siempre alerta, listos para inyectarle una dosis de adrenalina y hacerle salir corriendo.

En la parte trasera de la nave, Gerk y Tennant tenían peor aspecto que todos ellos juntos. Estaban aislados en las cápsulas de soporte vital, pero con el material que tenían a bordo sólo podían estabilizarles y confiar en que el quirófano robotizado estuviese libre cuando llegaran. Gerk era un hunk veterano, de los más grandes que había visto, con tantas cicatrices que parecía que había nacido peleando. Varios cortes profundos surcaban su pecho y en algunas de las heridas todavía se veían afiladas espinas incrustadas, pero si alguien tenía oportunidades de sobrevivir era él. Tennant era un humano de pelo rapado, pálido y flacucho, que no aparentaba más de veinte años. Su juventud resultaba aún más evidente al verle junto a su compañero de batalla. Las serpientes les habían dado bien. Cheikh no había visto mas que el final de todo aquel desastre, que comenzó cuando el pelotón quedó partido por varios ataques de distracción.

- Los de asalto tienen armaduras blindadas -graznó un novato al fondo del transporte- ¡y les inyectan nanomáquinas antes de lanzarles al combate! Esos bichos les cosen si resultan heridos y…

- Cierra la bocaza, pisafango -le cortó un vereliano que intentaba dormir desde hacía un rato. Cheikh le reconoció, su nombre resultaba demasiado largo en batalla y todos le llamaban Kurt. Pese a que aparentaba fragilidad, como todos los de su raza, era de los pocos que siempre volvían enteros.

- Deja en paz al chico, Kurt -dijo alguien de su fila. La computadora todavía no había aflojado los arneses y no podía girarse para mirar quién hablaba.- ¿Tú como lo has visto, Ortega?

- Mal de cojones -respondió, haciendo reír a todos y aliviando la tensión por un momento- el informe era una cagada. Esos bichos sabían muy bien lo que hacían.

Mientras un murmullo de aprobación se extendía por el pelotón, acompañado de una buena sarta de maldiciones, Cheikh cerró los ojos y trató de recordar.

Continuará…

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El soldado Cheikh Li Ortega se acurrucó en el cráter humeante sujetando con fuerza su fusil de agujas mientras se concentraba en respirar más lentamente, tal y como le habían enseñado. A su alrededor atronaban el aire los estampidos de las granadas de plasma, seguidos del sonoro crujido de árboles partiéndose y desplomándose contra la tierra húmeda. En el visor táctico los continuos fogonazos y el baile de información tampoco auguraban nada bueno. Su pelotón se había encontrado con una bolsa de resistencia inesperada y los triángulos azules que indicaban a sus compañeros, cien metros más allá, pasaban rápidamente del amarillo al rojo a medida que eran diezmados por el enemigo. Habían perdido los sensores remotos y no tenía ni audio ni vídeo del combate.

Aprovechó una pausa en el bombardeo para levantarse y correr hacia el sonido de disparos. La armadura cerámica pesaba y le oprimía el pecho, pero olvidó los latidos de su corazón y apretó el paso. Rápido e impredecible, le había dicho el sargento. Armó el rifle, que se iluminó en verde con un zumbido y cargó a través del humo. Siluetas serpentinas de varios metros de alto se alzaron frente a él, siseando. Disparó al bulto y rodó hacia un lado dejando el dedo sobre el gatillo. Una ráfaga de dardos de tungsteno voló hacia las criaturas, arrancándoles un quejido ronco. Rodó de nuevo y gateó tras un montón de escombros. Los restos del pelotón 157 se refugiaban tras unas ruinas que no estaban en el mapa táctico. Se arrastraba sobre un charco de sangre, demasiada sangre. Los nativos estaban clasificados como animales, sin armamento, sin capacidad de respuesta, sin posibilidades frente a una tropa entrenada, o al menos eso decía el informe que les habían pasado. Tendría más que palabras con el oficial de Inteligencia cuando saliese de aquella maldita jungla.

Continuará…

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